EL REINO DE ESMIRNA

Lugar de encuentro para los esmirnianos y bastión del rol en Guaranpis


    Crónicas de la guerra del Dragón y Odín, cronista Gunnar Ironwulf

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    Marcus
    Rey de Esmirna
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    Crónicas de la guerra del Dragón y Odín, cronista Gunnar Ironwulf

    Mensaje  Marcus el Mar Dic 16, 2008 2:32 am

    03 de Abril del año 1040 d.C.

    Dedicado a Marcus Widowmaker (no os conozco, pero he escrito la historia que comentábais en vuestro último global).




    - Los dioses están agitados mi señor. Descontentos con la situación actual.

    - ¿Qué es lo que quieren los dioses augur? ¿Qué los ha irritado?

    El augur se removió, inquieto, entre las sombras de su cabaña, mientras el humo se arremolinaba entorno a él, y la sangre del venado, degollado sobre la mesa, caía sobre el suelo, formando un oscuro charco que crecía de forma constante.

    - Nosotros mi señor. Nosotros los hemos enojado. Su culto está quedando olvidado, desde que Olav Tryggvsson hizo que nuestro pueblo adoptara el culto cristiano.

    - No todos nosotros abandonamos nuestros dioses. Algunos seguimos manteniéndonos fieles a ellos.

    - Así es mi señor; pero, ahora, aquellos que aún los adoran están peleando contra aquellos que quieren eliminar finalmente a nuestros dioses. Los persiguen, y los obligan a convertirse a eso que ellos llaman culto. Cristianos. Un solo Dios. ¡Ahhhhh! – su rostro se contrajo en una muesca, entre el placer y el dolor- Los dioses no se quedarán parados. El propio Thor intervendrá.

    - ¿Thor? Al fin podremos verlo. Tiempo ha pasado desde la última vez que Thor ayudó a los vikingos en combate. Mi padre me habló de ello, de cómo se lanzó sobre nuestros enemigos, empuñando a Mjolnir, cayendo desde el cielo montado en su carro. Días gloriosos aquellos, sin duda.

    - Así es, mi señor Gunnar. Pero, debéis recordar que, si bien vos seguís adorando a los únicos dioses que realmente existen, no ocurre lo mismo con aquellos junto a los que estáis. Y los dioses ya han comunicado que han elegido un bando, y no es el vuestro.

    - Los dioses son inteligentes, mi querido augur. Ellos son más sabios que nosotros, y por ello, decidirán aquello más conveniente. Y, si los dioses no se encuentran en nuestro bando, al menos, cuando muera combatiendo, sé que sabrán que siempre puse mi vida a su servicio, y por ello, me permitirán pasar la eternidad en el Valhalla, tras una muerte de hombre.

    - Sabias palabras mi señor, sabias palabras…

    Sus voces quedaron ocultas, a medida que la luz del día moría, y se escondía tras las montañas grises, dejando paso a las sombras, la oscuridad, y los sueños de los hombres.



    Muy lejos de las heladas tierras de Gunnar Ironwulf, la tierra temblaba. El retumbar de miles de pasos, golpeando al unísono sobre el suelo era igual al rugido del mar embravecido. En la llanura, una legión de hombres, completamente armados y entrenados, profesionales de cientos de batallas, avanzaban en dirección a tierras enemigas. Junto al retumbar de sus pasos, se escuchaba el tintineo del hierro que formaba armas y armaduras, el incomprensible sonido de esas miles de gargantas, hablando con sus compañeros, el relinchar de los caballos.

    El relucir del acero a los primeros rayos del sol del día hacía que aquella columna de hombres pareciera un río en medio del llano. Oscuro, pero brillante. Sus pasos, levantaban un polvo que parecía lenguas de polvo que se estrellaban contra la orilla.

    En las cercanías, el sonido de las aves se unía a la mezcolanza de sonidos que provenían de aquel río incansable de hombres, que aún debían recorrer cientos de millas hasta su destino.

    - Esperemos que hoy haga algo de viento Hagart.

    - Así es general. De lo contrario podríamos encontrarnos con un día muy largo.

    Aquellos dos hombres marchaban al frente del ejército, montados sobre dos hermosos caballos, enormes, y con todos los pertrechos propios de animales de guerra. Sus bardas, metálicas, ofrecían un paso más lento y pesado al del resto de caballos.

    Ambos montaban sin sus yelmos, que el sol no tardaría en calentar, lo que provocaría que de tener que usarlos, prácticamente se asfixiaran al intentar respirar. Ya les había ocurrido, y decían que era como intentar respirar bajo el agua. Confiaban en no tener que ponérselos hasta que llegara el combate, y que, en ese caso, fuera por un breve período de tiempo, o al anochecer. Era preferible ver poco, al amparo del frescor de la noche, que tener una gran visión durante el infierno en que se convertían aquellas llanuras durante el día.

    De pronto, todas las aves que se encontraban en el bosquecillo cercano callaron, y, sin previo aviso, salieron volando de entre las ramas, formando un tupido velo que, por unos segundos, oscureció el sol sobre la cabeza de aquellos hombres.

    Cuando la bandada de pájaros pasó, los hombres recuperaron la normalidad, y empezaron de nuevo a andar, al tiempo que escrutaban en todas direcciones, atentos a algún posible peligro; pero, el llano, no ofrecía ninguna protección, excepto en el pequeño bosque del que habían huido las aves.

    - Bors, mandad algunos exploradores al bosque, a ver que encuentran.

    - A sus órdenes general.

    El pequeño Bors se alejó, al tiempo que seleccionaba a cuatro rastreadores que, apresurados, espolearon a sus monturas en dirección al bosque. Entretanto, la columna de hombres siguió avanzando, con el paso lento propio de una gran bestia pesada y tosca.

    Cuando, al cabo de veinte minutos, los exploradores regresaron, informaron que, en aquel bosque, no había ninguna presencia, ni tan siquiera ningún animal. En todo caso, no debían temer un ataque desde aquella dirección.

    No bien acabaron de pronunciar aquellas palabras, el sol pareció ocultarse de nuevo; los hombres miraron al cielo, pero ninguna nube había aparecido. Sencillamente, el sol desapareció, sin ninguna explicación.

    Los caballos se encabritaron, lanzando a aquellos jinetes desprevenidos al suelo, y huyendo a continuación, cargando aún con las armas de algunos de aquellos caballeros. Los bueyes y demás animales que portaba el ejército para aprovisionarse, huyeron, o bien se arrojaron al suelo, negándose a mover un solo ápice de sus cuerpos.

    Por unos segundos todo estuvo en calma, en silencio; incluso el propio viento se había detenido. Los hombres, se miraban los unos a los otros, tratando de encontrar alguna explicación a aquel suceso. La oscuridad era tal, que ni tan siquiera una noche oscura era equiparable. Solo podían distinguirse los ojos asustados de aquellos soldados.

    De fondo, empezó a oírse el girar de unas ruedas. Todos los carros que ellos portaban estaban parados y, además, ninguno de aquellos carros habría producido aquel sonido. Era, un sonido que envolvía a los hombres, como si de pronto, se encontraran rodeados por un ejército enemigo que había logrado acompasar incluso aquel simple sonido.

    Al cabo de unos segundos, aquel sonido empezó a ser como un eco; en todas partes podía escucharse, con una enorme claridad. El girar de las ruedas de un carro. Incluso podía escucharse, creciendo, el restallar de unas bridas golpeando contra un animal. O quizás más de uno.

    Los hombres desenvainaron sus armas. Algunos trataron de iluminar la zona encendiendo antorchas, pero estas, incluso teniendo llama, no daban prácticamente ninguna luz; a lo sumo, podía distinguirse un rostro muy cercano a ellas. Los hombres, intentaron arremolinarse en torno a las antorchas, con la vaga esperanza de ver a un enemigo que se ocultaba entre la oscuridad.

    Los oficiales trataban en vano de dar órdenes, totalmente perdidos, ante el hecho de no ser capaces de discernir donde se encontraba el enemigo, e, incluso incapaces de saber donde se encontraban sus propios hombres. Podían oírse los gritos de aquellos que eran arrollados por sus propios compañeros, aquellos que tropezaban con obstáculos que sus ojos no podían ver, y eran pisoteados por los caballos que seguían intentando escapar.


    En el firmamento, apareció una luz blanca. Al principio, era tan pequeña que parecía fruto de la imaginación. Pero esa luz, fue ganando fuerza. Todos los ojos se dirigieron hacia ella, como los ojos de los marineros perdidos en la mar, que de pronto vislumbran la luz de un faro. Aquella luz, blanca, no era producto del sol. Era, totalmente antinatural. Blanca, pura, y, al hacerse mayor, totalmente cegadora. Abrumadora.

    Entonces pudo escucharse con total claridad el sonido de un carro. El girar de sus ruedas lo envolvió todo. Era todo cuanto podía escucharse. Ese carro. En medio de aquella luz que dolía a la vista, pudo verse un carro tirado por dos machos cabríos, y sobre éste, un solo hombre, portando un martillo gigantesco. Un carro viniendo del cielo.

    Y, después de aquello, nada más se supo de la Compañía Tarsius, al mando del General Hagart.


    Extracto de las Crónicas de la guerra entre el Templo Dragón y los Guerreros de Odín.


    Príncipe bárbaro, Gunnar Ironwulf


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